La señorita K, era una señorita bastante convencional, una mujer muy mujer o quizá una mujer excesivamente femenina, una feminidad inclinada más bien hacia la inmadurez, por eso digo que era bastante convencional. Sus vestidos de primavera rosa, de pequeñas flores estampadas, detalles finos en el cabello y el maquillaje, zapatillas de cenicienta y perfumes dulces y frescos.
La señorita K anhelaba la felicidad, como cualquier tipo de señorita K, creía firmemente en las pequeñas sonrisas, los detalles y los bombones de chocolate. Así, aprendió a hacer bombones, después pasteles y tortas con finas cintas y ornamentos en las pastas o cremas dulces, y hermosas letras que derrochaban felices cumpleaños, bodas, 15 años, aniversarios y todo tipo de “celebraciones”.
Un día, la señorita K conquistó a su hombre ideal con brillos rosas en sus labios, perfumes suaves, uñas perfectas, modales exquisitos, era una muñeca de presentación en las reuniones laborales de su amado. Ni hablar de las inolvidables cenas y onces que la señorita K ofrecía para sus amigos, llenas de delicias culinarias y detalles encantadores. Así la señorita K era todo un exito social, una pastelera reconocida, no daba abasto con los pedidos de tortas y pasteles que le pedían para las “celebraciones”.
Su amado era un hombre atento, responsable, cariñoso, noble, cuidadoso y la señorita K podía manejarlo con su blanco dedo menique, la subía y la bajaba, era su pequeño servidor. El día de su boda la señorita K preparó el mejor pastel de su historia: de tres pisos, con diminutas rosas rosadas comestibles que adornaban la pasta dura , lisa y blanca.
Con los años su marido empezó a enfermar, no podía respirar, se ahogaba con facilidad al hablar, los doctores le dictaminaron pulmonía. La señora K y su marido iban a cumplir diez años de casados, su ambición era preparar un pastel más espectacular que el de su boda. El hombre estaba en cama, incapaz, ahogado y la señora K en la cocina preparaba su pastel con dedicación y excesiva dulzura.
La torta iba a estar lista, a punto y el marido murió. La señorita K, esperó con paciencia sentada en su silla isabelina de tapices floreados y su tejido croché en mano a que la torta estuviera lista, la llevó al cuarto, la partió cuidadosa y perfectamente con un cuchillo brillante y afilado, partió 50 pedazos, sirvió dos, se comió el suyo y el otro lo dejó al lado del cuerpo del marido al que nunca dejó respirar.
La señorita K dejó de hacer tortas. Después de ser una obsesiva del orden y el aseo en su casa, dejó que el polvo se acumulara en los muebles de madera tallados, y cada 6 de Noviembre el pastelero de la esquina le guardaba la más fina torta, por la cual ella pagaba un precio exorbitante, no tanto por su elaboración, mas por su descomposición, y así, la señorita K iba a la pastelería muy arreglada, recogía su torta descompuesta, iba a casa, ponía la mesa con la vajilla antigua, partía la torta en 50 pedazos de los que relucían hongos, mohos y olores, se comía su pedazo y así estaba enferma días y semanas, cada 6 de noviembre el día en que murió su marido.